Cinta americana

Dicen que, en los instantes previos a la muerte, tu vida se resume en imágenes que tanscurren en tu mente a cámara rápida. Yo no quería que una de las diapositivas fuese aquella pizzería vacía en la que trabajaba. Era el día de Reyes, los adornos de Navidad aún resistían colgados de las paredes con cinta americana, el invento favorito de mi jefe. Se le rajaba el pantalón… lo pegaba con cinta americana. Se le caía un cuadro, le ponía cinta americana al tojino. Se le rompía una silla, la remendaba con cinta americana… el muy imbécil. Hubiera sido capaz de ponerse cinta americana para levantar la polla.

 

Limpiaba las bayetas azul, roja y amarilla que tenía, una y otra vez, hasta la extenuación. Porque no había trabajo. Mi jornada laboral como trabajador ilegal, ya que no estaba segurado ni tenía contrato, iba de sábado a domingo, incluidos festivos. Cuando llegaba, los trapos estaban casi negros por completo de mierda. Cuando me iba, habían recuperado su color normal.

 

CC/Joana Coccarelli
CC/Joana Coccarelli

 

En un buen día teníamos siete u ocho mesas, en uno malo una o ninguna. Lo que no podía entender era cómo coño podía pagarme. Seguro que con su negocio de venta de coches sacaba pasta. Lo que más me gustaba era cuando me quedaba solo. Imaginaba que aquello estaba repleto de gente y me tiraba pedos y eructaba con fuerza. “Este va por todos vosotros, hijos de puta”, pensaba, a veces incluso lo decía en alto. Me tomaba seis, siete u ocho cafés, todos los que podía. Y cuando mi jefe volvía de su siesta yo me iba a descansar una hora, hecho un puto manojo de nervios.

 

Era frustrante ser el escritor con más talento en siete mil kilómetros a la redonda y tener que aguantar aquella mierda. Me sacaba de quicio aquella gente estúpida de manos finas y rostros orondos, embutidos en su propia grasa. En verano, en las raras ocasiones en que el restaurante estaba lleno, aquellas viejas hienas daban rienda suelta a todo su odio, siempre cuando más ocupado estaba: “Me traes un café cortito con leche descafeinado de máquina con leche desnatada templada. ¡Ah!, y un vasito de agua del grifo con hielo”. Yo asentía y tomaba nota, impasible, e imaginaba que esgarraba en el vasito de agua una buena flema, de esas verdes y con motitas de sangre.

 

CC/Joana Coccarelli
CC/Joana Coccarelli

 

Y aquella colonia de cucarachas hipervitaminadas: robustas, veloces, inteligentes… te observaban, murmuraban en la oscuridad. Urdían un plan secreto para hacerse con el control de la pizzería. Al principio era un poco repulsivo ver cómo aquellos insectos huían por las rendijas cuando intentabas matarlos y percibían tu presencia, pero luego ya te acostumbrabas. No era lo que más me molestaba de todo aquello. Lo que peor llevaba era atender a la señora Rosaura. Le llamaban así, “la señora Rosaura”, no sé por qué coño era. Se trataba de una de esas viejas chochas acostumbradas a que todo el mundo les chupara el culo. Era una gorda imbécil, una cretina, un cacho de carne con ojos. Tenía que atenderla muy bien, según mi jefe, porque su familia de rancio abolengo tenía mucho dinero, tal era la simpleza de mi jefe. Siempre me miraba con desprecio y jamás contestaba a mis “buenas tardes” o a mis “gracias”, la muy puta. Tenía dos hijos casi tan imbéciles como ella. Me parecía increíble que hubiese tenido hijos. ¿Quién habría podido follarse a aquella cosa? Las cucarachas también tenían hijos, pero por lo menos no molestaban. El caso es que, esa tarde de Reyes, mientras estaba solo, abrió la puerta del local. Era raro, ya que siempre venía cuando estaba el jefe para hacerle la pelota. Se sentó en “su” mesa.
-Buenas tardes, Rosalinda, ¿qué le pongo?
-Café con leche descafeinado de máquina. Templado.
Aquel coño seco pronunció esas palabras mirando el televisor, sin dignarse ni a mirarme.
-Enseguida – contesté.
La vacaburra se había sentado de espaldas a mí. Miraba con gesto porcino el documental sobre los perros de la pradera que tenía puesto. Aquellos animales tan graciosos tenían un sistema comunitario de alerta que resultaba acojonantemente eficaz. Entonces lo hice, llevado por un impulso irrefrenable. Tenía que ser ahora. Tras la barra, cargué el dosificador con café descafeinado y accioné el agua. Calenté un poco la leche y la vertí sobre el café. Añadí un buen chorro de leche fría. Puse la taza en la repisa donde cortaba los limones, a la altura de mi entrepierna. Me desabroché el cinturón y los pantalones. Me bajé los calzoncillos. Sumergí los cojones en el café. Era una sensación agradable. Sonreí. El café estaba listo. Me dejó cinco céntimos de propina.

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Wilson Palleiro
Cree que todavía es posible cambiar el mundo. Como no tiene el valor suficiente para quemar cajeros o hacer escraches, escribe cosas.

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