Cuando pude haber asesinado a Calamaro

Lo recuerdo todo como entre brumas. Año 1999. Bob Dylan, aquel mito del rock un poco gilipollas recorría España en su Never Ending Tour. El telonero era ese extraño cantante argentino que me tenía totalmente fascinado como hacía años que no lo hacía nadie. Andrés Calamaro. Y tenía la oportunidad de verlo en Santiago de Compostela, junto al carcamal de Zimmerman. Mi hermano y yo pugnábamos por quedarnos con los dos cedés de aquel maravilloso disco: Honestidad Brutal, una obra maestra de la desazón, un disco conceptual del desamor, un canto vital a la muerte, canciones irrepetibles e inenarrables.

El recital fue un fiasco. A Dylan se le escuchaba fatal y se empeñaba en tocar sus canciones de forma incomprensible, como si quisiera que nadie las reconociera. Y Calamaro iba tan colocado que costaba entender incluso lo que decía entre canción y canción. En todo caso, la magia estaba ahí. La música sonó y todos envejecimos un poco más esa noche. Al terminar, nos fuimos todos a los bares de la zona vieja a desperdiciar un poco más nuestras juventudes.

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En un garito de la calle Raíña me encontré a Pablo, el camello oficial de clase. Me hizo gestos para que me acercase. «¡Estamos en la parte de atrás con el Calamaro, tío, lleva un cebollón de carallo! Está invitando a todo Dios a canutos y a priva. Ven que te lo presento». Acojonado, acepté encantado. Mi amigo me llevó a una especie de reservado infecto del tugurio en el que nos encontrábamos. Simplemente abrió una puerta y allí estaba. El cantante permanecía inmóbil sentado en el suelo rodeado de colillas, latas de cerveza y de dos tíos que solo fumaban hierba sin decir ni una palabra. Parecían tres yonkis. Pablo y yo también nos sentamos. Apoyado en la pared, habló desde detrás de aquellas gafas oscuras que parecía no quitarse nunca. «¿Querés un porro, cerveza o un mate?» No supe muy bien qué contestarle y le dije de forma entrecortada lo mucho que lo admiraba. Mentí y también le conté que me había encantado el concierto. Se dio cuenta al momento pero no me replicó. Un tío muy educado.

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Calamaro me habló de los poetas malditos franceses del XIX y, con su característica lírica, argumentó sobre la veracidad de aquellas canciones de Honestidad Brutal. «Tenés que entender, pive, que nada de lo que hayas hecho importa cuando el verbo fluye porque todo se detiene y ese clímax es un instante que solo una canción puede transmitir». Su verborrea era impresionante. Incluso tan ciego como iba soltaba unas frases acojonantes. «Tenés que darle al público no solo tu talento, también la mierda que llevas dentro para que aprecien que te abres en canal y te vacías, para que puedan discernir la verdad de tu palabra no en un sentido bíblico sino lírico, para que tus canciones sean puras».

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Entre canuto y canuto, Calamaro me iba explicando el desgaste emocional de aquel disco hasta que ya solo balbuceaba y se quedó dormido. Entonces Pablo y yo, que también íbamos colocadísimos, pensamos en robarle todo el dinero y fantaseamos con la idea de asesinarlo. Solamente le cogí un mechero de plástico que llevaba, todavía lo tengo guardado en mi mesilla de noche. Me recuerda aquellos viejos tiempos en que Calamaro era un genio y fumaba porros en vez de salir en los photocall de las revistas del corazón.

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Wilson Palleiro
Cree que todavía es posible cambiar el mundo. Como no tiene el valor suficiente para quemar cajeros o hacer escraches, escribe cosas.

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