Elefantito feto

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Cagué un elefantito feto. De color verde oscuro. Yacía inerte con la barriga hacia arriba, el pobre. Tenía las cuencas de los ojos vacías, mirando hacia donde descansan los muertos, llenas de oscuridad. Ausencia de luz. Nada es casual. Me sorprendí a mí mismo contemplando mis malolientes excrementos, convertidos en aquel ser. Eran las cuatro de la madrugada y no podía dejar de mirarlo. Pensé en hacerle una foto, pero me pareció un poco de mal gusto. El minúsculo rabo le había quedado depositado sobre su bajo vientre, entre sus cuatro patitas dobladas como en un gesto agónico. Si bien todo su cuerpo guardaba ciertas proporciones la cabeza parecía anormalmente grande, casi deforme. A lo mejor era normal que, en ciertas fases del creciemiento, el embrión de los poboscidios presentara una cabeza mucho más grande que el resto del cuerpo. Al fin y al cabo, estas criaturas poseen el cerebro más grande de los animales terrestres. El cuello parecía habérsele dislocado al caer desde mi ano a las paredes del frío inodoro. Así, la cabeza estaba excesivamente ladeada y presentaba una postura antinatural, lo que le daba un aspecto grotesco. Parecía seguirte con su mirada inexistente aunque cambiaras de posición. Impresionaba un poco.

Recordé aquella película en blanco y negro. Contaba la triste historia de Joseph Merrick. Fue un hombre de gran sensibilidad exhibido grotescamente en una feria como el hombre elefante debido a sus terribles malformaciones causadas por una extraña enfermedad. Era una historia sobrecogedora sobre la dignidad y la vileza humanas. Pero. ¿qué tenía que ver eso con mi elefantito hecho de caca? ¿Era obra del azar? ¿Una forma caprichosa sin más, fruto de la casualidad? ¿Intentaban decirme algo? También vino a mi mente Elephant Man, la canción de Bo Diddley que abría el Black Gladiator de 1970, uno de los mejores discos de la historia, que se adelantó veinte años a todo y a todos.

La boca del elefantito ofrecía un aspecto extraño, lo que convertía la imagen aún más inquietante, si cabe. Se abría en un extremo y se cerraba en el otro y ambas comisuras se arqueaban ligeramente hacia abajo. Era como si pudieras escuchar un grito lastímero que se perdía en la noche. No podía dejar de mirarlo. Se había caído allí y había muerto de inmediato, tenía los huesos dislocados y simplemente parecía observarme. ¿Había emitido algún quejido? ¿Acaso no había escuchado algún gruñido o era mi imaginación? Entonces tiré de la cadena.

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Wilson Palleiro
Cree que todavía es posible cambiar el mundo. Como no tiene el valor suficiente para quemar cajeros o hacer escraches, escribe cosas.
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