Entrevista a Vladimir Putin

No. En realidad no he entrevistado a Vladimir. Ya quisiera yo, pero no. Ni siquiera lo he intentado, no soy tan ilusa. Sólo quería llamar vuestra atención, como lo hacen esos carteles que rezan en letras grandes “sexo”, y luego te acercas y resulta que intentan vender biblias en la letra pequeña. Sin carteles, pero eso lo hacía Britney Spears a su modo, con sus finas maneras de adolescente prostituta. Putin me pone mucho, me gustan esos malotes homófonos sin escrúpulos. Creo que siento las mismas sensaciones hacía él que las que revolvían el cuerpo a Leire Pajín al ver a Miguel Sebastián sentado delante de ella en los consejos de ministros surrealistas de los sociatas. El clítoris se me pone como una chistorra, como le ocurría a ella. Nos diferencia que a mi el coño no me huele mal. Aunque la homofobia de Vladi me parece más que sospechosa. Igual al final resulta que no es más que otro jefe de estado homosexual que no ha salido del armario por miedo al qué dirán, como Mariano Rajoy o Mohamed VI. Puede que incluso Mahoma fuera homosexual.

Cuesta mucho salir del armario. En cuanto me crecieron las tetas mi padre comenzó a espiarme mientras me duchaba. Entraba a mear y me miraba sin reparos con esos ojos de hijo de puta que tiene. Yo no me atrevía a reprenderle, porque siempre que él me tenga a tiro de sus puños poseerá ese derecho ancestral de disponer de mi vida y de mi cuerpo, es una ley no escrita existente en los países árabes y moros desde tiempos del profeta hasta hoy. Mi progenitor despotricaba contra los homosexuales siempre que podía. “Desviados, deberían estar todos muertos, hay que matarlos a todos”, afirmaba al ver a los presentadores de los telediarios españoles. Pero luego bien que obligaba a mi hermano a ducharse con él desde muy pequeño. Mi madre les llevaba las toallas y fregaba el agua y el semen desparramados por el suelo, y si mi hermano se quejaba le metía unas buenas hostias hasta que se callaba. Perdón, que en el Islam no hay hostias. Le daba golpes, con el puño o con el palo de una escoba, a imagen y semejanza de lo que mi padre hacía con ella.

Vivo en un piso en la calle General Oráa de Madrid, un ático dúplex muy cuco con una tele de cuarenta y dos pulgadas, un jacuzzi y una cama king-size con un espejo sobre ella en el techo. Parece un piso de puta. Mis padres me envían mensualmente cuatro mil míseros euros. Llevo seis años estudiando Derecho, pero no he pasado de segundo. Sólo he aprobado algunas asignaturas gracias a que pagué a una chica para que se presentara por mí a los exámenes. No tengo prisa, cuando termine mis estudios, que espero que sea dentro de mucho, mis padres me montarán un bufete en Tánger o en Madrid, contrataré a tres abogados por tres duros que trabajen por mí y me dedicaré a follármelos y a despedirlos. Pero cuando el hijo puta de mi padre se enteró de esta vida de follar y follar que yo llevo en España se sintió celoso como un puerco, y al mes siguiente sólo me llegó la mitad de la asignación. Yo siempre me gasto mil euros la primera semana de mes, en copas, peluquería, más copas, sushi, coca, más copas, peluquería, cosas caras, hasta que tengo que contenerme sobre el día diez para llegar como una pobre cerda a fin de mes (“puta jalufa”, diría mi padre). Me acongojé y me acojoné al ver el extracto del banco. Con dos mil euros no me llegaba ni para comer y follar una semana. Entonces pensé lo del anuncio. Podría compartir piso.

“Alquilo habitación a chica en dúplex muy luminoso, terraza enorme con buenas vistas, de lujo, y en buena compañía. 1000 Euros al mes más gastos”. Los cinco primeros días no llamó nadie. El sábado por la mañana, cuando ya casi iba a desesperar y a llamar al cabrón de mi padre para que me soltara pasta, suena el teléfono y una chica con acento raro me dice que quiere venir a ver el piso. Me cuenta que tiene veintiséis años y que quiere cambiarse de casa porque la suya es muy ruidosa, que es universitaria y que le gusta el orden y la limpieza. Todo perfecto. Quedo con ella. Llega a las tres, llama al automático. La veo por la mirilla. Viene con un niño pequeño de unos siete años, es una gorda repugnante mezcla entre Almudena Grandes y Lucía Echevarría, aparenta unos cuarenta y cinco, pero le abro, no sé por qué. Le enseño la casa. No huele muy bien, ni ella ni el puto niño. Es evidente que no se lava el pelo hace varios días.

– Kempes, no juegues ahí m´hijo,

Le dice al niño de mierda.

– ¿Se llama Kempes?

Lo miro sin disimular el asco.

– Sí, no sé por qué se lo puso su padre. Marío Kempes.

– ¿Es hijo tuyo?

– Sí, claro, el mayor…, tengo otro de dos añitos.

– ¿Pero tú no eres universitaria?

– No, m´hija, jajajaj, una mentirijilla jaja.

Me cago en su puta madre, panchita de mierda. Nos sentamos en el sillón. Le digo que con niños ni hablar, que soy alérgica. Se pone a llorar y me cuenta que la van a desalojar de su casa por falta de pago, pero que había pensado en venirse a mi piso porque le parecía muy buen precio cien euros, que podía pagarlos haciendo un esfuerzo, que los gastos se los perdone.

– En realidad son mil euros, tres ceros son mil euros ¿Y esos moratones que tenéis en la cara?

– Hay m´hija, te cuento… sniffff.

Su marido es un hijoputa. Bebe en casa y en la calle. Bebe durante su trabajo haciendo mudanzas a los incautos que le contratan a la puerta de Ikea. Bebe mañana, tarde y noche. Cuando se embriaga con licor le pega palizas de muerte, con la mano, con el pie y con la correa. Así hasta que los vecinos han llamado a la policía un día, porque creían que la mataba cuando la pilló en la cama con el hermano de él un lunes a las doce de la mañana que volvió a casa porque había perdido la noción del tiempo por el alcohol. Dejó tetrapléjico a su propio hermano “por puros celos” y a ella le metió el palo de un cepillo por el culo y la tiró por la ventana del primer piso antes de que llegara la policía, “menos mal que caí sobre un coche, pero tuve un aborto de mi tercer hijo, asesino, estaba de seis meses encinta”. Durante el juicio vieron que él tenía antecedentes y una orden de busca y captura en Ecuador por matar a su anterior esposa cuando ésta tenía catorce años y ya dos hijos, aunque uno no se sabía si era suyo o no. Y lo deportaron. Ahora está en una cárcel en Guayaquil, bajo cadena perpetua.

Ella lloraba mientras me contaba todo esto, desconsolada. Unas lágrimas, eso sí, algo forzadas, de cocodrila panchita.

– No llores, anda. Tienes veintisiete años sólo, tienes que rehacer tu vida, tienes dos hijos pequeños por los que luchar.

Qué mal miento, joder. Qué mal que miento y qué chorradas digo cuando me quiero quitar a alguien de encima.

– En realidad tengo veintitrés años. Ya, ya sé que no debo llorar, pero… él allí y yo aquí… le echo mucho de menos, m´hijita. QUIERO QUE VUELVAAA, NO PUEDO VIVIR SIN ÉL. ¿Podría quedarme aquí con Kempes esta noche?

– Ve a por tus cosas y ya veremos.

– Graciasssssssssssssssssss.

Cuando salió por la puerta llamé inmediatamente a una conocida empresa de seguridad y me mandaron dos seguratas que le impidieron la entrada cuando volvió por la tarde. Uno de ellos le dijo que si volvía a verla por General Oráa la tiraba a un contenedor con niño incluido. Gracias a Dios o a Alá hay empresas de seguridad para protegernos. La bolsa con ropa y pañales que se dejó en mi casa la tiré a la basura cogiéndola por las asas con la punta de un paraguas. Gracias a Dios o a Alá hay altas vallas de seguridad en la frontera de Ceuta para que no entren en España todos esos negros. Los negros, cuando no tienen dinero, no te los debes follar porque huelen que apestan. Gracias a Dios o a Alá nos separan catorce kilómetros de agua de Marruecos, para que no puedan entrar en España todos los moros vagos y sin pasta que hay en mi país de origen. Esos también huelen muy mal, y como ya he dicho en otra ocasión son todos medio maricones. Si no hay dinero no hay rock and roll y tampoco se puede follar conmigo, ni vivir en mi piso. Ni de coña.

Mi madre intercedió por mí, le daba pena, y al mes siguiente me enviaron cinco mil euros, para compensar el mal trago. Me gasté mil en dos días en un viaje relámpago a Ibiza con dos amigas. Me follé a dos italianos y a un alemán. Putin llegó al poder por la fuerza del dinero. Zapatero lo consiguió gracias a unos trenes explosivos. Es muy posible que en un futuro otro sosainas como el citado Bambi, sin chicha ni luces, ocupe el palacio de la Moncloa en vuestro país por la única razón de que le volaron un pie con una bomba lapa. Repito que sois gilipollas.

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Colaborador
Persona humana que cree que aún es necesario luchar por la libertad en defensa del pensamiento crítico y por la igualdad de credos. Anónimo por vocación y solidario por necesidad.

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