Un homenaje de Bonifacio Singh y Ágata Bové a Otto Skorzeny

 

Ella despertó con el dulce trino de un pájaro que se posó sobre el alféizar. Entonces, Cristina se tiró un estruendoso pedo y soltó una carcajada cuyo eco se escuchó en tres manzanas a la redonda. Saltó de la cama y apartó con el pie, muy escrupulosa, los cadáveres de hombres con la lengua y los ojos arrancados que se encontraban esparcidos por el suelo del palacio. Se habían suicidado todos sin conseguir que ninguno copulara con ella, lo que la había puesto de muy mal humor la noche anterior. Se asomó a la ventana y el pájaro yacía muerto, como fulminado, con el pico abierto, asfixiado por el olor insoportable que había brotado por el culo-cloaca y del cuerpo sudoroso de Cristina. No pudo evitar sonreír, o más bien reír de nuevo estruendosamente. El ruido de su risa era como un sumidero cuando traga la caca atascándose con los grumos de brócoli, su sonido se podía hasta olerse. Por la ventana no se veía ni un alma a lo lejos, la Plaza de Oriente estaba desierta. Sonó el teléfono. Descolgó haciendo una pedorreta con el sobaco casi sin proponérselo.

-Hola, Cris, soy Ada.
-Almeida al aparato. Estoy muy ocupada para atenderte, llame más tarde, prrr…
-No, no, no, Cristina, por favor, es algo urgente, no me cuelgues, no me trago lo del contestador… no cuela.
-Uffffff…. ¿qué coños tengo que hacer ahora? Estoy supercansada. Me tenéis todo el día matando hombres, resulta agotador. Y ninguno folla como me habíais prometido, se suicidan antes….
-Tienes que presentarte en el campo III, hay que continuar con la solución final antimachos. Tú eres nuestra mayor esperanza, Cristina…. ¿qué es eso que huele?
-Bueno, tendré que ir para allá, pero no garantizo nada, estoy muy baja de energía.
-El auricular huele… huele como a pedo mezclado con sudor reseco, ¿cómo lo consigues, Cristina? Eres la mejor.
-No sé, nací con estos superpoderes de dar asco, lo de transmitir el hedor por el cable del teléfono lo pusieron en estudio en el programa de Iker Jiménez y murieron tres cámaras y Javier Sierra. Bueno, Javier Sierra murió porque se equivocó y entró al baño de señoras y me vio antes de subirme las bragas…

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Cristina se sentía fuertemente atraída por los hombres pero, como Ada Colau, Teresa de la Vega o Celia Mayer, padecía el Síndrome de Conmigo no se Empalma Ni Dios, que se manifestaba con la imposibilidad de ellas de mantener relaciones sexuales completas con machos porque todos ellos morían sin remisión en sus brazos cuando intentaban violarlos. Celia Mayer había intentando follar con ochenta tíos en una sola noche, pero ninguno había sobrevivido, ni siquiera a ninguno se le había puesto morcillona, porque aunque les vendaba los ojos para que no vieran su cara de sapo con disipela, el olor de su vagina los mataba nada más desabotonar el agujero de copulación de sus bragas de neopreno. El caso de Cristina era mucho más grave aún, porque cualquier hombre que olía su presencia a dos kilómetros y medio, moría en el acto o se suicidaba del modo que fuese. Se habían dado caso de hombres arrancándose los ojos los unos a los otros antes de la llegada de Cristina, o que a pesar de auto cegarse y taponarse la nariz con silicona morían a causa de la percepción extrasensorial de hedor o de demagogia a graznidos que percibían inalámbricos emitidos por parte de Cristina.

El odio contra los machos fue creciendo en el Partido Feminazi. Les echaban la culpa de la decadencia moral mundial y de ser unos hijos de puta insensibles. Empezaron confinando a los hombres en el barrio de Chueca. Levantaron muros infranqueables alrededor y segregaron dentro a todos los machos, tanto a heteros, que representaban un cinco por ciento del total, como a heterogueis y gueis. Pero aquella no era solución suficiente, porque las Feminazis se dieron cuenta de que pasaban hambre, pero que seguían copulando entre ellos sin amor y no entonaban loas a la mujer de forma espontánea. Entonces comenzaron a detener a pequeños grupos en el mismo guetto y a introducirlos en remolques de camiones herméticamente cerrados donde previamente se había dejado pudrirse ropa interior de Ada Colau, de Cristina Almedia, de Celia Mayer o de la vieja Carmena. Los que no morían por el olor, eran rematados poniéndoles mítines grabados en audio de cualquiera de ellas, lo que provocaba el suicidio o la muerte por reventamiento de cerebro.

Pero el ritmo de matar hombres no era suficiente, la cosa iba lenta porque hacía años que estas armas feminazis secretas de destrucción masiva habían dejado de llevar bragas, con lo que el exterminio a distancia se limitaba a Cristina Almeida, único ser en la tierra capaz de trasmitir hedor repugnante wiffi. De la mente de Celia Mayer, alias “La Carasapo”, brotó la idea de edificar el mayor campo de exterminio construido en la humanidad. Eligieron como lugar la Colonia Marconi, el mayor puticlub callejero del mundo. Así matarían dos pájaros de un tiro. En primer lugar utilizarían las naves de ese polígono para exterminar a los machos. En segundo, liberarían a todas las putas que allí trabajaban en el oficio más antiguo del mundo, conseguirían que dejaran de degradar sus cuerpos. La Gestapo Feminazi, presidida por la implacable Leire Pajín, se puso ni corta ni perezosa a desalojar de rameras la colonia, trasladando a las meretrices a pisos de lujo embargados en el barrio de Salamanca. Parecía que el plan funcionaba a las mil maravillas pero, tres días más tarde, las putas habían vuelto al polígono. Se las volvió a desalojar, pero nada, pasadas setenta y dos horas de reloj ya estaban allí de nuevo. Pajín, alias “La Veneno”, encargó un estudio científico sobre el asunto, no se explicaban cómo aquellas hembras volvían una y otra vez a ser explotadas despreciando una vida de amor verdadero y lujo. Los resultados de la investigación fueron rotundos, inequívocos: genéticamente la mujer, por instinto, tiende a la prostitución, a vender su cuerpo, ya sea a mafias o a un marido. La hembra del homo sapiens prefiere, por herencia, el sexo de pago, siente una pulsión que le lleva, del modo que sea, directo o indirecto, a preferir cobrar por él.

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Edificaron el Campo Treblinka-Marconi, y lo llenaron de hombres. Las putas de los exteriores del campo siguieron a lo suyo aún sin clientela, se sentían bien en las calles de alrededor del polígono aún sin clientes. De los vagones de ganado bajaban varios cientos de hombres cada vez. Las feminazis los esperaban junto con pastores alemanes para intimidarlos y conducirlos a las duchas. Los perros, aleccionados por ellas (se los habían follado para conseguir una perfecta comunicación entre amas y animales de presa), los mordían y a algunos les obligaron a hacerles felaciones, aunque nunca a comerse sus cacas, porque a Cristina Almeida le encantaba degustarlas por su sabor a perejil gracias al pienso enriquecido Friskies utilizado como única alimentación de los perros. El grupo de machos era introducido en un túnel y a culatazos en una habitación que se cerraba herméticamente. Cuando estaban todos dentro tiritando de pavor y masturbándose unos a otros para calmar su ansiedad, se abría una portezuela lateral y entraba Cristina Almeida desnuda. La visión mataba en el acto a un buen número de desdichados, mientras que otros, la mayoría, no podían soportar el olor que desprendían el recto, la boca y el sexo de Cris y fenecían entre vómitos incontrolables. Los más fuertes, los que resistían aquella salvaje tortura, eran obligados a soportar durante un cuarto de hora cómo Cristina les lanzaba un mitin sobre la igualdad entre hombres y mujeres, con su habitual diatriba absurda y verborrea demagoga. Tras esos quince minutos, todos ellos sin excepción se cortaban las venas a lo largo o se suicidaban a cabezazos contra la pared. Si quedaban dos o tres vivos, auténticas fuerzas de la naturaleza, la Almeida no tenía más que intentar darles un beso para que fenecieran ahogados en su propio vómito.

Por ley sólo podía librarse del exterminio Julio Anguita, porque era tan maricona mala, criticona y vieja, que era lo que más se asemejaba a una mujer dentro del género masculino, él constituía la excepción que cumplía la regla, cosa que, con ochenta años, consiguió tener. Tuvo su primera menstruación casi a los ochenta y uno. Murió al intentar autofecundarse para conseguir parir un hijo que le donase sus órganos y así vivir eternamente para aleccionar moralmente a todas las generaciones posteriores. Marta Sánchez compuso el nuevo himno nacional Feminazi en su honor.