De Géminis y haciendo el mal por Coruña

Géminis que habíamos pillado en el Tápate las orejas y lo partimos en cuatro. Nos comimos cada uno nuestra parte y bajamos hacia el centro. [caption id="attachment_5868" align="aligncenter" width="425"]CC/Gaelx CC/Gaelx[/caption] Cuando te comes un tripi no sientes nada en la boca. No tiene sabor como otras drogas y al cabo de un rato te da un buen viaje. Y este tripi estaba rico. Media hora después de chupar el cartón ya notábamos el efecto del LSD y empezamos a vacilar con todo el mundo. Nos lo pasamos pipa. Incluso puteamos a un profesor de mi instituto con el que nos encontramos y pensé: «Espero que no me reconozca». Fue muy divertido. El tripi es un viaje sideral. Te sientes muy colocado y te cuestionas absolutamente todo. Sensaciones, encuentros casuales, sentimientos… te preguntas el por qué de todo y siempre piensas: «¿Cómo me puede estar pasando esto a mi?» Aunque sea una tontería. Por lo que una noche de tripi es como vivir una película. Puede ser de humor… puede ser de acción o puede ser de terror. También hace aflorar todo lo que llevas dentro. Lo bueno y, por supuesto, lo malo… y nosotros teníamos mucho mal dentro… así que fue saliendo. Bajábamos por la calle Hospital al lado del instituto de Zalaeta hablando de sabe Dios qué y riéndonos sin parar. Debía de ser la una o dos de la mañana y entonces se me encendió la bombilla. En la acera delante de nosotros había una furgoneta blanca aparcada. A través de los cristales se veía su interior y estaba llena de instrumentos musicales. El LSD hizo que mi cerebro se disparara y dije: «¡Mirad esas guitarras! ¡Ahí hay mucha pasta!» Creo que fui convincente porque todos se pusieron tan tensos como yo. Sergio se acercó inmediatamente a la ventana y le pegó un manotazo. Era una ventana corredera y la abrió a la primera. En cuanto la vi abierta salté como un resorte, metí medio cuerpo dentro de la furgoneta y tiré de la guitarra que tenía más cerca. Tenía una funda negra con hojas de marihuana pintadas y pesaba bastante. Me fui cuesta abajo con ella sin mirar atrás y sin esperar por nadie, emparanoiado y pensando: «Espero que no me vea nadie». No me fijé en si había vecinos en las ventanas ni gente por la calle, solo avancé. Doblé la esquina y pasé por delante del instituto hasta llegar a unos arbustos que había al final de la calle y allí la escondí. En la oscuridad de la noche nadie la iba a ver asi que volví a junto mis amigos. Me los encontré más o menos donde los había dejado, al lado de la furgoneta pero con la ventanilla arrimada. Con ellos había un señor que no conocía de nada. Pensé: «¡Mierda, quién coño es este!» Estaban hablando con el como si lo conocieran de toda la vida y empezamos a bajar la calle. Sergio se me acercó y sin que nadie más lo oyera me dijo: «Vamos a despistarlo». Así fue. En cuanto estuvimos lo suficientemente lejos nos despedimos de él y volvimos a la furgoneta. Aún quedaba una guitarra. Esperamos el momento oportuno y la dejamos junto a la otra. Me alegré. Probablemente sacaríamos pasta por eso. [caption id="attachment_5869" align="aligncenter" width="640"]CC/Adrián Núñez CC/Adrián Núñez[/caption] Poco después y en la misma calle nos encontramos con un coche aparcado sobre la acera. Dentro dormitaba un gordo con la ventana entreabierta y por lo que parecía estaba muy borracho. Sergio se acercó y vio que llebaba puesto en la mano un sello de oro de tamaño considerable. No se lo pensó. Metió las manos por la ventanilla e intentó sacárselo. El gordo se dió cuenta pero estaba tan borracho que casi no pudo reaccionar. Lo único que pudo hacer fue intentar cerrar la ventanilla del coche con la otra mano y tras unos intentos fallidos de Sergio para hacerse con el anillo la ventanilla se cerró. Sergio tuvo que sacar las manos apresuradamente y con el cabreo le pegó varias patadas al coche. Nos fuimos de allí pero no tuvimos ni un momento de calma porque en menos de nada estábamos montando un follón con dos fulanos que nos cruzamos por la calle. Todo parecía indicar que nos ibamos a pelear alli mismo y habría sido lo normal en estos casos pero no. Debió ser el tripi o que eran mayores que nosotros pero salimos todos corriendo no sin antes lanzarles una papelera a la cabeza que casi tira con uno de ellos. Después de esto nos reagrupamos y seguimos como si nada. La noche continuó entre risas, desvaríes, vaciles y alguna que otra paranoia mientras deambulábamos por la ciudad pensando cómo hacer el mal y de paso divertirnos. Sobre las cuatro de la mañana, o puede que más tarde, pasamos por la Plaza del humor. En aquellos tiempos era donde se hacía el botellón pero a esas horas ya no quedaba prácticamente nadie. En una calle perpendicular nos cruzamos con dos chavales que estaban de retirada y nos pusimos a vacilar con ellos. Al principio los chavales se reían pero poco a poco se notaba que se estaban cansando de la conversación. Yo también me estaba cansando. El tripi me pedía algo más emocionante que una conversación sin sentido con dos desconocidos en un callejón oscuro. Creo que Óscar e Iván pensaban lo mismo. Sergio no. A él se le había encendido la bombilla. Continuaba la conversación hasta casi aburrir a los dos chavales, que aparentemente tenían muchas ganas de irse. Sergio estaba empezando a usar sus artes intimidatorias. Entonces dijo: «Mira que pie más grande». Todos miramos los pies del más alto de los chavales y sí, eran grandes. Sergio calzaba un 47. Empezó: «Déjame probar un playero». El chico no accedió. Ni la primera ni a la segunda ni a la tercera. Pero sergio era muy insistente y el chico estaba empezando a sudar. Al cabo de un momento y gracias a un poco de intimidación el chaval se sacó un playero y se lo dejó probar. Sergio se lo puso y dijo que le servía. Seguidamente le pidió el otro. El chico respondió como si no se lo esperara. Qué tonto. Rogó, imploró, dijo que tenía que irse andando a la calle Barcelona descalzo. Entonces sollozó, se hundió y finalmente se quitó el otro playero y se fue descalzo por la calle cabizbajo y humillado. Sergio buscó una bolsa de plastico en un contenedor, metió los playeros dentro y con esta en la mano continuamos nuestra noche. [caption id="attachment_5870" align="aligncenter" width="640"]CC/Adrián Núñez CC/Adrián Núñez[/caption] No encontramos más oportunidades de hacer el mal y pasaban de las siete de la mañana. Mi primo y yo teníamos que volver a casa antes de que se despertaran mis padres así que nos volvimos. Aún había que recoger las guitarras. Pasábamos por la calle Real ya con poco LSD en sangre y un poco cansados cuando nos encontramos delante del Bonilla. En la puerta había un vespino con su portapaquetes y no tenía puesto el candado. Era como un regalo del cielo. Iván se subió en la moto, quedamos con él en la cetárea, aceleró y se fue mientras que nosotros corríamos hacia el otro lado para que no nos viera nadie. Esa noche no robamos nada más. El camino a casa cargando con las guitarras fue bastante coñazo porque pesaban mucho y Óscar se quejaba bastante pero no hubo mayor problema. Las escondimos en mi garaje y luego fuimos a junto Iván, que nos esperaba en la cetárea. Cuando llegamos allí nos encontramos con un montón de bolsas tiradas por el suelo. Estaban llenas de churros. La moto era de reparto y tenía el portapaquetes cargado. Estuvimos comiendo churros hasta la salida del sol. Con el estómago lleno llevamos la moto tambien a mi garaje y nos fuimos a dormir. Escalamos la fachada y entramos en mi casa por la terraza sin que nadie se diera cuenta. Dormimos toda la mañana. Al día siguientenos repartimos el botín. Yo me quedé con una de las guitarras que resultó ser un bajo eléctrico Ibanez. Caro, al parecer. El resto se lo repartieron ellos. La moto se vendió rapido. Creo que el mismo día. Los tenis se los quedó Sergio, por supuesto. Las guitarras tardaron un poco más en venderse. La otra era una Fender japonesa. No me acuerdo por cuánto la vendieron pero al final esa guitarra nos dio problemas. Mi bajo lo vendí por 17.000 pesetas. Regalado. Pero aun así saqué más pasta que ellos por la moto y la otra guitarra. El bajo lo vendí a través de un amigo a otro chaval, que se lo llevó a Francia. Y con el dinero me pasé un fin de año de puta madre. Pillé tripis y porros para todo Dios. Menudo desvaríe de fin de año. [caption id="attachment_5871" align="aligncenter" width="640"]6888161253_45fe2213fc_z CC/Alberto García[/caption] Como dije antes, la Fender nos dio problemas. Unas semanas después de fin de año nos andaban buscando. Mis colegas le vendieron la guitarra a uno del barrio y este, por activa o por pasiva acabó dando de frente con los dueños. No sé si eran sus dueños de verdad. No sé si nos habían pillado o si nos estaban timando pero el caso es que querían recuperar el bajo y querían que diésemos la cara. A Iván y Sergio los cogieron rápido y tuvieron que vérselas con los dueños de las guitarras y también con unos cuantos del barrio que nos tenían cruzados porque la liábamos mucho. Les exigieron que les devolviéramos el bajo. La guitarra ya la tenían. Lo malo es que el bajo estaba en Francia. No sé por qué pero mi nombre no fue pronunciado y me libré de todo. Lo malo es que en lugar de mi metieron en el asunto a mi amigo, el que se había encargado de vender el bajo. Incluso se enteró toda su familia. Él fue el que tuvo que poner el dinero para traer el bajo de vuelta desde Francia y poder devolverlo. Por supuesto le devolví el dinero, era mi amigo. Pero por culpa de un bocachancla tuvo que pasar la vergüenza de dar explicaciones a sus padres. Y yo me libré. Me libré de conocer a los dueños de las guitarras y del follón con los mayores de mi barrio, que estuvieron amedrentando a mis amigos para que tragaran y devolvieran el bajo. Y sobre todo me libré de la policía, lo que hubiera sido todavía peor. Tuve mucha suerte de no caer, no solo esta vez sino en toda mi vida. Tengo limpio mi expediente policial. Nunca me cogieron ni con un porro. Tengo un trabajo normal, pago mis impuestos, mi alquiler, facturas y mis pocos vicios. Ya no me drogo, casi no bebo y el único vicio de verdad que tengo es el tabaco. Me llevo bién con mi familia y hago mucha vida social, es decir, llevo una vida completamente normal alejado de la delincuencia. Otros amigos míos no tuvieron tanta suerte. De esa época muy pocos hacen hoy una vida convencional. Algunos fueron al reformatorio, otros a la cárcel, algunos se volvieron yonkis o traficantes… pero esa es otra historia.]]>

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Obelix
Obélix es el único habitante del irreductible poblado galo que no puede beber la poción mágica que les da una fuerza sobrehumana, ya que se cayó de pequeño a la marmita y los efectos de la poción son en él permanentes.

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