Memorias de un yonki panadero

CC/Laura[/caption] Roberto era panadero. A él le gustaba decir que era pastelero de primera y por eso le acabaron llamando «el pastelero», pero trabajaba en la panadería de su padre. El padre de Roberto llegó a tener mucho dinero tiempo atrás pero su hijo acabó dinamitándolo por su adicción. Vivían en Santiago y cerraron la panadería que tenían alli para venirse a Coruña. Lo hicieron para separar a Roberto de sus amistades e intentar desengancharlo pero no consiguieron nada. Se vinieron a Monte Alto y rápidamente Roberto se juntó con lo mejorcito de la ciudad. Cuando trabajaba robaba el dinero de la caja a pesar de que los padres se daban cuenta. Le daba igual. Solo le importaba su adicción. Al cabo de un tiempo dejó de trabajar en la panadería y se dedicó a lo que mejor se le daba a jornada completa: robar. Roberto llevaba años buscándose la vida en la calle porque lo que ganaba trabajando no le llegaba para vivir. Solía ir bien vestido con ropa de marca y casi siempre con una chaqueta con doble fondo donde poder esconder cosas. El mono le hacía ser muy espabilado y siempre parecía que estaba nervioso. Estaba delgado y la verdad es que era simpático y con los colegas se portaba bien. Pero todo lo demás le importaba muy poco. Tenía una técnica impecable para robar, no sé si innata o adquirida por la experiencia. Entraba en un supermercado, cogía una botella de licor caro (antes las botellas no tenían alarma), se la metía en el sobaco y salía compándose un yogur de medio litro. El yogur se lo comía, era prácticamente lo único que comía, y la botella la vendía en cualquier bar a mitad de precio. Así tenía para un chute. Solía hacer cosas como esta todos los días. Si bajabas con él una tarde era seguro que te ibas a implicar en un robo y que tendrías que acompañarlo a por droga. Era un no parar. Un día él y un amigo fueron a dar tirones. Paseaban por las zonas de comercios y mercados buscando víctimas. Señoras mayores que salían de la tienda con la cartera en la mano. Blancos fáciles. Las seguían hasta calles poco transitadas y les quitaban el monedero de la mano para salir corriendo mientras la señora gritaba. Para mi gusto esta técnica era muy arriesgada, pero a Roberto le valía todo. Estaba tan acostumbrado a robar que lo hacía en todo momento. Un día entré con él en un ultramarinos y se puso a robar unos melocotones. La dependienta lo cachó y salió de la tienda echándome la bronca por no haberme arrimado a él para tapar el hueco y que no lo viera. Era su modo de vida y se lo tomaba en serio. [caption id="attachment_6028" align="aligncenter" width="640"]CC/El JIm CC/El JIm[/caption] Solíamos bajar con él unos cuantos y nos dedicábamos a pasear por la ciudad robando lo que podíamos y gastandolo después. Nosotros nos lo solíamos gastar en porros pero él se lo metía todo por la vena. Un día por La Sagrada estaba con el mono y lo acompañamos a pillar. Estaba muy nervioso y quería ponerse inmediatamente pero no tenía jeringuilla. Pasamos por un descampado y cogió una chuta del suelo. «Esta es mía» dijo, «la dejé ahí el otro día», pero nadie le creyó. Un amigo intentó convencerlo para que fuera a la farmacia pero no le escuchó y usó la que había cogido del suelo. Cuando tenía ganas de ponerse no pensaba con claridad. Un día, no sé cómo, Roberto consiguió las llaves de la casa de su cuñado que vivía en Santiago. El cuñado de Roberto tenía dinero en casa y éste lo sabía así que se dispuso a darle el palo. Se dejó ver por la panadería del padre para hacerse una coartada y se fue en el coche de un colega a por el botín. Lo hizo muy rápido y al volver se dejó caer otra vez por la panadería de su padre para rematar la faena. Un par de días después Roberto nos comentó que el cuñado había llamado a su padre diciéndole que le habían robado y si sabía donde había estado Roberto ese día. El padre le dijo al cuñado que Roberto no había podido ser porque lo había visto por Coruña. Y Roberto se salió con la suya. Nunca supe cuánto dinero robó ese día pero tuvo que ser mucho porque se pasó meses viviendo de ese palo. Se compró un cordón de oro, se puso a vender porros y hasta se echó una novia. Una chavalita más joven que él. Supongo que tendría 16 años. La verdad es que me dió un poco de pena porque era muy buena niña y al poco tiempo se le pusieron los ojos amarillentos igual que a Roberto. Tenían hepatitis. Así y todo vivió unos meses muy buenos sin meterse en problemas. Pero todo lo bueno se acaba. [caption id="attachment_6029" align="aligncenter" width="640"]CC/Mr. Theklan CC/Mr. Theklan[/caption] En esta época tuve una lesión de rodilla y tuve que estar en reposo tres días. Roberto y otro más me hicieron una visita a casa para ver que tal estaba y vinieron cargaditos. Trajeron cocaína para ponérsela por vena y compraron un kit para mí. Yo les dije que no quería chutarme y menos estando mis padres en casa. Roberto intentó convencerme diciéndome que si me la metía por la nariz no iba a sentir nada y que el subidón bueno era intravenoso. No le hice caso. Atrancamos la puerta de mi habitación para que no entrara nadie y me lo metí por la nariz. Tenía razón, no sentí nada. La coca de Peñamoa era una puta basura. Ellos dos se pusieron por la vena y vi en sus caras el subidón que les dio, pero no me causaron envidia. Era un juego muy peligroso y no quise probar. Cuando salieron de mi casa hablaron un rato con mi madre para despedirse. Mi madre se quedó muy preocupada. Recuerdo que la impresión que le dió Roberto no fue muy buena y me lo dijo. Era normal, se le notaba que era un yonki y mi madre vivió en los ochenta en Monte Alto rodeada de ellos. Lo mismo pasó con un amigo mío madrileño que solo venía los veranos. Cuando nos vio con él nos dijo: «¿Qué hacéis parando con este tío? En Madrid a estos los apaleamos». Vi más opiniones de este tipo en la gente del barrio pero nos daba igual. Para nosotros era uno más. Nos caía bien y nos divertíamos con él. [caption id="attachment_6034" align="aligncenter" width="640"]CC/Yoigan CC/Yoigan[/caption] Al cabo de un tiempo a Roberto se le agotó el dinero del robo. Un día dejó de vender porros, otro día ya no llevaba el cordón de oro y al pocco tiempo sus tembleques eran más constantes. Cada vez se metía menos heroína y estaba de mono. Empezó a discutir con la gente y se enfadó con la pandilla. Se lo montó por su cuenta y volvió a lo de antes. A vivir el día a día robando para pagarse la dosis. Lo único que mantuvo fue a su novia que de vez en cuando nos informaba sobre él. Nos dijo al cabo de un tiempo que lo habían metido en un centro de desintoxicación y allí se quedó unos meses. Sus padres dejaron el piso que tenían enfrente de mi casa y se fueron a otro sitio. Vimos entrar en el piso a un equipo de limpieza para desinfectar el inmueble. Roberto tiraba las chutas por encima de los armarios y debieron encontrar montañas de ellas. Al cabo de unos meses su novia nos avisó de que había salido y nos pidió que la acompañáramos a verlo. Ella no parecía muy contenta. Se la veía nerviosa, como si no quisiera verlo pero una vez con él se abrazaron y se besaron. Hablamos con él y se le veía más gordo y con labia ralentizada. Debía de estar medicado pero cuando le preguntamos que le apetecía dijo sin pensarlo «un chute». Qué pena me dio. Comprendí que nunca se rehabilitaría y que siempre sería un yonki. No le volví a ver. Al poco tiempo me enteré que volvió a engancharse y que su novia lo había dejado. Mucho tiempo después me enteré por un amigo que lo habían visto puesto y que le habían preguntado por mí. Roberto dijo que no sabía nada ni de mí ni de mi pandilla. Como si no nos recordara. Y no volví a saber nada de él. A veces me pregunto cómo acabaría y le recuerdo con cariño pero no creo que el destino le deparara nada bueno. Hay gente que no cambia nunca y tienes dos opciones: o la aceptas tal y como es o te bajas del carro.]]>

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Obelix
Obélix es el único habitante del irreductible poblado galo que no puede beber la poción mágica que les da una fuerza sobrehumana, ya que se cayó de pequeño a la marmita y los efectos de la poción son en él permanentes.

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