Muere Eduardo Fernández Rivas, el genio del Fiunchedo

«Sin las fábulas de Dios ni dioses, la vida puede ser feliz» Eduardo Fernández Rivas (1948-2016)   La pasada madrugada fallecía a los 68 años Eduardo Fernández Rivas, un espíritu libre, gran artista y mejor persona. Cientos de amigos y vecinos expresaron a través de las redes sociales sus condolencias hacia la familia de uno de los sadenses más internacionales. La prensa autonómica y estatal se hacía eco del deceso. Excepcional pintor, Rivas era mucho más que eso: enamorado del Antiguo Egipto, articulista, conferenciante, viajero, eterno estudiante, colaborador de radio y televisión, escritor incansable… una de esas personas apasionadas por el arte y por la belleza. Estaba más preocupado por todo aquello que no se ve, más pendiente en el ser que en el tener. Un gran tío, un librepensador que vivió como quiso, un genio que desde su amado lugar del Fiunchedo hizo de su actividad intelectual el motor de su vida. Se entregó a lo que le gustaba sin importarle las consecuencias. No dudó en denunciar desde las cacicadas del monchismo local hasta la inacción de los partidos de izquierda estatales. Censuró las corruptelas del presidente del Gobierno y también las del concejal vendido de turno, con la misma vehemencia. Tanto a través de su blog como en las innumerables cartas al director que solía enviar regularmente a los periódicos gallegos, Rivas nos describía un mundo que en lo más hondo de su corazón seguía queriendo cambiar. Porque conservaba intacta esa capacidad para sorprenderse a sí mismo todavía, para hacernos sorprender a nosotros también. Porque era un corazón joven el que latía en su pecho. Desde su Taberna do Croio, como llamaba a las reuniones de amigos cuyas charlas volcaba al papel, luchó contra todo aquello que consideró injusto. Con valentía y perseverancia. [caption id="attachment_6250" align="alignright" width="502"]4dpict Obra perteneciente a la ‘Tauromaquia’ de Rivas[/caption] [caption id="attachment_6248" align="alignleft" width="560"]Eduardo Fernández Rivas Eduardo Fernández Rivas[/caption] Dos días antes de su muerte me saludó levantando el brazo, dirigiéndome una mirada desde detrás de sus gafas mientras caminaba a paso rápido, con su melena al viento. «¡Adiós, neniño!», me dijo como siempre hacía. «¡Chao, Rivas!», le contesté. Como ocurre en estos casos, nunca le conté todo lo que lo apreciaba. Creo que no hacía falta. Recuerdo cuando entre varios amigos montamos aquel estupendo fanzine llamado Sadamasoquista, la primera publicación prerrafaelista ilustrada de Sada. No teníamos dinero para publicarla y al principio nadie nos hacía caso. Los negocios no querían publicitarse en nuestras páginas, éramos demasiado progresistas para alguna gente anclada en el Antiguo Régimen. El Ayuntamiento tampoco nos hacía caso. Nadie quería saber nada de aquella cosa surrealista, incomprensible a veces, revelada como las grandes religiones, con dibujos obscenos y sesudos ensayos… hasta que conocimos a Rivas. Le entusiasmó que unos críos perdiesen su tiempo en editar una revista literaria. Conectamos de inmediato, se puso a hablarnos de su amado Akenatón, de la leyenda de la papisa Juana, de Alejandro Magno, de los retratos de El Fayum… y de repente nos dio doscientos euros. Sin esperar nada a cambio. Sin darle importancia. Sin condiciones. Así era Eduardo Fernández Rivas, un tío cojonudo. Hasta nos hizo la portada de uno de los números. Tuve la ocasión de compartir muchas tardes con él en su estudio del Fiunchedo, el santuario de su «casa-museo», como a él le gustaba llamarle. Me impactó el cariño con el que trataba a su madre, Pepita, cuyo retrato ocupaba un lugar destacado en las paredes de su taller. El destino quiso que, solo unos días antes de su deceso, un Rivas pletórico participara en el 90 cumpleaños de su progenitora, por quien sentía verdadera devoción.  

[caption id="attachment_6249" align="alignnone" width="604"]226385_1030699769996_2873_n Rivas ante la Gran esfinge de Guiza en 2001[/caption] «Cuando un país como es el caso, se ve gobernado por una mediocridad asociada en compañía de una monarquía de pandereta y bajo la supervisión más católica, lo que nos queda es rezar y encomendarnos a santos y a vírgenes a la búsqueda de la solución de los problemas».
[caption id="attachment_6254" align="alignleft" width="632"]Rivas con su amigo Lito, del Moby Dick Rivas con su amigo Lito, del Moby Dick[/caption] Rivas era un espíritu inquieto. Un día hacía de actor en cortos de bajo presupuesto -memorable es su cameo en el filme underground La Caja– y al otro inauguraba una exposición en Nueva York o reinterpretaba con osadía Las Meninas. No le temblaba el pulso a la hora de denunciar que su obra había sido censurada al inspirarse en una foto de varias mujeres con mantilla española durante una procesión de Semana Santa para elaborar un cuadro de tipo erótico. Ni para denunciar ante la Interpol el robo de varios de sus cuadros que debían ser expuestos en Italia. Un día presentaba su libro Dioses y faraones y al otro te invitaba a tomar algo en El Canalla o en el ya desaparecido Moby Dick y te hablaba sobre Jasón y los Argonautas. Es curioso que incluso en vida recibiera la visita del fantasma de su amigo Lito, que regentaba este último pub histórico de Sada. Él era así. Imprevisible. Eduardo no juzgaba a nadie y trataba a todos por igual. Por eso hoy, todos los que tuvimos la suerte de haberte conocido, te echamos tanto de menos, maestro. Los sadenses recordaremos noviembre de 2016 como el año en que murieron, primero, Rivas y después Fidel Castro. Que Dios te guarde en su seno, Rivas, aunque no creyeras en él.  
«El mundo está reventando ante nuestros ojos como en un grito desesperado de socorro y justicia y aquellos que pueden arreglarlo no lo hacen. ¿Cómo van a hacerlo si ellos interesadamente nos han metido en la cueva donde estamos?» Eduardo Fernández Rivas
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Wilson Palleiro
Cree que todavía es posible cambiar el mundo. Como no tiene el valor suficiente para quemar cajeros o hacer escraches, escribe cosas.

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