Muere Norbert Lewith

El pasado mes de marzo, en el más profundo anonimato fallecía Norbert Lewith, el artista-dispersador más aclamado de todos los tiempos. Suyas son piezas ya inmortales como El hacedor de barro o Animatronics bragas. El suyo fue un oficio duro e ingrato, la labor hercúlea de hacer arte de lo efímero con el concienzudo objetivo de no dejar ningún tipo de testimonio de su hermosísima e inabarcable obra. Él inventó el término con el que pasará a la historia en el mundo de las artes: «dispersador». La belleza está de luto, pues. «No creo que exista belleza comparable a la mirada de un niño que, desde el autobús que lo lleva a la escuela donde lo transformarán en un tipejo despreciable, contempla el mundo que pasa a toda velocidad ante sí, pensando en lo hermoso y lo elevado que debería ser todo. Eso no se puede captar de ninguna forma más que contemplando a ese niño soñador que todos fuimos alguna vez. Y eso es lo que pretendo captar y quedármelo para mí solo». Una declaración de principios, un tratado sobre la trascendencia y lo bello. Lewith no nos legó absolutamente nada, como tantos otros, como su amado Sócrates, como el mismísimo Jesucristo, pero los que tuvimos la fortuna de conocerlo quedamos reconciliados al menos un poco con Dios, con la fría realidad, con esta perra vida. El genio polaco visitó Galicia al menos en tres ocasiones a lo largo de su vida errante y difusa. En 1998, un puñado de desarraigados nos citamos en Finisterre para asistir a unas charlas del genio barbado que veía hermosura en esos imperceptibles retazos de cotidianeidad. El poeta de lo perecedero nos dejó a todos boquiabiertos cuando, en el fin del mundo, ante aquel mar infinito y abrumador, se puso a llorar de alegría. Se nos encogió el alma. No pronunció una sola palabra. Va por usted, maestro.

 

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Wilson Palleiro
Cree que todavía es posible cambiar el mundo. Como no tiene el valor suficiente para quemar cajeros o hacer escraches, escribe cosas.

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