Mujer trabajadora un poco puta

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Me llamo Latifah El-Azayza, y advierto que al escribir esto tengo un triple mérito. Nací en Marruecos, pero vivo en España. A los dos años me mudé junto a mi familia a Madrid, donde me crié. Cuando tenía quince tuvimos que volver a mi país natal, ya que mi padre tuvo que dejar su trabajo en la embajada. Menuda putada. Al cabo de cinco años, y tras mucho rogar y llorar a mis progenitores, conseguí escaparme de la apestosa sociedad marroquí. Me dejaron regresar a España con la excusa de estudiar. El fin justifica siempre los medios. Yo no quería estudiar en realidad, sino follar libremente con tíos que se bajaran al pilón sin problema. En la sociedad árabe está muy mal visto comer el coño, y yo sin que me hagan eso no podría vivir. En Hispañístán hay al menos alguno que come el conejo decentemente.

Ayer me puse a leer el libro de Mohamed Chukri El pan a secas, coincidiendo con el día de la mujer trabajadora. Este texto estuvo prohibido en Marruecos hasta el año 2000. Mi compatriota narra en él, entre otras cosas secundarias deplorables del estilo del “hambre”, cómo se trata a la mujer dentro de la sociedad marroquí. La hembra es allí un agujero con patas donde meterla, un objeto al que pegar y meter mano. A más de una española le pondría cardiaca ese ambiente de machos salvajes, no olvidemos a ese pedazo de hembra de Carmina Ordóñez, que se tiró a medio Tánger. Pero no se engañen por esta putrefacción masculina, las mujeres no somos una raza mejor que los hombres, ni en Marruecos, ni en España, ni en Pekín (Beijing si estuviera escribiendo esto para El País), ni mucho menos, en realidad somos igual de hijas de puta que ellos. Ya lo decía mi padre: “¿Y cuándo van a hacer el día internacional de mis cojones?”. Mi padre es un cobarde cabrón más, pero qué razón tenía el tío.

Veo en la tele el mitin del PP vasco. Cambio de canal y echan una manifestación de mujeres muy orgullosas de su género. Hay pocas diferencias entre ambos actos, ambos teatrales cien por cien. En el primero, un grupo de personas despreciables grita a los cuatro vientos que están muy unidos y que son unos excelentes humanos elegidos para la gloria. En el segundo tres cuartas de lo mismo: “qué buenas somos las mujeres”. Siempre se trata de gritar a los cuatro vientos lo buena que eres, aunque luego seas una hija de la gran puta. Esta tarde casi me atropella una de esas mujeres trabajadoras en un paso de cebra, se lo saltó con su BMW cuando volvía del trabajo. Yo soy una perra infiel que ha venido a España a follar y a gastarse el dinero de su papá, pero ellas no son mejores que yo, no sois mejores que yo. No son princesas de Persia porque tengan maridos calvos, trabajen en compañías de seguros doce horas al día, tengan hijos insoportables ni porque les hayan engordado los tobillos como columnas dóricas. No. Son un rebaño de gilipollas igual que esas marroquíes que se ponen el pañuelo de pureza encima de la cabeza. Ayer me entraron enormes ganas de acudir a una de esas manifestaciones buenrollistas vestida con un burka hasta los tobillos. También podría haber ido con una mochila llena de explosivos y provocar un mayor beneficio social. Pero aún no me ha llegado la hora de morir, no me he tirado suficientes tíos buenos aún, y para las mujeres árabes no hay paraíso ni en la tierra ni en el cielo, sólo mierda arriba y abajo.

Me gustaría ser como Arantza Quiroga: rubia, esbelta y con poder. Ha parido varias veces, pero se conserva de puta madre, tiene aspecto de haber dado biberones en vez de pezón, y de llevar los pantalones en casa en plan pasiva-agresiva. Cuando ayer soltó su discurso sobre la tribuna los niveles de testosterona de los machos del PP vasco subieron hasta casi provocar un terremoto de muchos grados en la escala de Richter a causa de la presión del magma dentro de sus pantalones de pinzas. Oyarzábal, con su pinta de mariquita mala revenida, rumiaba venganza en las primeras filas mientras sonreía más falso que un duro de madera. El Partido Popular Vasco es lo más parecido a la sociedad iraní: allí no hay maricones, no hay ninguno. Arantza es una tía buena con todas las letras. Les pone porque se adivinan sus bragas de cuello alto bajo el pantalón y porque en un momento dado, en la intimidad de su dormitorio con dosel, debe ser más puta que las gallinas. Ya quisieran la carapasa de Cospedal o la gorda revenida de Elena Valenciano tener los cojones sibilinos de esta niña. La imagino al terminar el congreso pepero como gran vencedora, con el chocho hecho agua bajando triunfante de su atril y con todos al unísono arrancándose a cantar espontaneamente por Jesus and Mary Chain: “i´ll be your plastic toooy, i´ll be your plastic tooooy….”.

Un día abrí la puerta del baño y descubrí a mi padre haciéndose una paja mientras “leía” el Intervíu. Enrolló la revista y me aporreó la cabeza con ella. “Ya no puede uno ni cagar a gusto”, gritaba mientras me perseguía por la casa con los pantalones por los tobillos. Mi padre se parece a Mayor Oreja, pero en moro bisexual. Aunque yo creo que todos los moros son bisexuales, o más bien maricones a secas, como el pan de Chukri.

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Colaborador
Persona humana que cree que aún es necesario luchar por la libertad en defensa del pensamiento crítico y por la igualdad de credos. Anónimo por vocación y solidario por necesidad.

Un comentario

  1. Que todo el mundo sepa que tuve que chupársela a Wilson para que me publicara este texto. Sois grandes, Panoplianos.

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