Orígenes históricos del canto clitoriano

Al igual que ocurre en otros tipos de canto, los orígenes del canto clitoriano se pierden en la noche de los tiempos. En primer lugar conviene precisar a qué nos referimos exactamente, ya que de no hacerlo corremos el riesgo de desviarnos por vericuetos que nos conducirán a ninguna parte. Eso mismo ocurre en el caso paradigmático del canto gregoriano, cuyo término remite a un convencionalismo bastante inexacto, que a su vez alude a la recopilación de textos realizada por el papa Gregorio Magno… cuando el nacimiento de este estilo debe buscarse mucho antes, en los cantos romano y galicano, que a su vez beben de la tradición egipcia y de otras anteriores cuyo rastro se ha desvanecido por completo. Y es que en primer lugar hay que precisar que el canto clitoriano nace en Mesopotamia, en el apogeo de Babilonia, urbe de urbes, bajo el reinado de Nabucodonosor II. Allí, en el creciente fértil entre los ríos Tigris y Éufrates, en el interior del zigurat Tapep, las sacerdotisas púrpuras -siempre vestidas de ese color, que luego adoptaría el catolicismo como sagrado- rendían culto a la diosa Hararne. El British Museum conserva dos tablillas de arcilla de escritura cuneiforme donde se dan todo lujo de detalles sobre cómo realizar un buen canto clitoriano, siempre dedicado a esa deidad.

Hataya Milana. CC/Kiro Melamorsicata

El Hataya Milana recoge cómo, una vez al mes, la Diosa derramaba la sangre de su menstruación sobre la tierra para teñirla de color carmesí y hacer que la cosecha prosperase. Tras imitarla, las sacerdotisas sentían la necesidad de cantarle a la vida y a la fertilidad con sus órganos sexuales. Para ello empleaban el músculo pélvico para golpear las paredes de su vulva, dando palmas con las paredes de su vagina para producir sonido y, a la vez, siseando usando la fuerza de su vejiga. A este respecto resulta bastante espectacular y esclarecedor el ensayo del doctor Amorós Bastarrechea, de la Universidad de Medicina de Santiago de Compostela, Nacimiento de la música vaginal en la Mesopotamia del siglo V a. de C. y su fisiología. Posteriores intentos por recrear  el canto clitoriano han resultado exitosos, no obstante no poseemos la «partitura» necesaria para recrear aquellas canciones divinas menstruales.

Hatora Marasmi. CC/Alberto Romero

La otra tablilla sobre canto clitoriano, Hatora Marasmi, enfatiza el papel del clítoris como vehículo conductor de la fe y como el elemento musical más importante en este proceso. «El clítoris actuaba en esta verdadera instrumentación corporal como el elemento más importante que modula el sonido, como el tudel de la trompeta o la palleta de la gaita, era el alma y lo que otorgaba diferentes tonalidades a ese instrumento que es la vagina femenina», en palabras del musicólogo Germán Rodríguez Bucai. «Las matrices sagradas de aquellas sacerdotisas mesopotámicas eran instrumentos de viento cuyo sonido se iba perfeccionando con el paso de los años, hay pornoestars que en la actualidad han recreado con bastante verosimilitud lo que aquellas prodigiosas mujeres realizaban con sus sexos», explica.

Representación de la diosa Hararne. CC/PROHornbeam Arts

Resulta impresionante imaginar a esas mujeres, devotas y vírgenes, encerradas en vida en el templo para dedicarse en cuerpo y alma a Hararne, produciendo música con sus vulvas en un rito que se ejecutaba «al menos una vez al mes», según el arqueólogo Irwin Hoch, autor del muy recomendable ensayo Música despiadada para dioses insaciables. Incluso la legendaria Epopeya de Gilgamesh hace referencia al «estruendoso canto de los coños esplendorosos de las sacerdotisas de la Diosa de la vida, que podía escucharse en todos los lugares, tal era su poder». Ojalá en un futuro no muy lejano podamos recuperar todo el fulgor del canto clitoriano y dar una nueva dimensión al canto y a la música, a la belleza y al amor por la vida en definitiva.

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Wilson Palleiro
Cree que todavía es posible cambiar el mundo. Como no tiene el valor suficiente para quemar cajeros o hacer escraches, escribe cosas.

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