De trankimazín a Baroke

Hay un momento en la vida de una persona en la que sientes la necesidad de experimentar. A mí ese momento me llegó muy pronto. Con 15 años ya había probado el sexo, el hachís, la marihuana, la cocaína, el LSD y por supuesto el alcohol. También tuve curiosidad por saber qué se sentía con las pastillas. El éxtasis no me dejó muy buen sabor de boca. Quizá porque eran pastillas malas o quizá porque no tomé cantidad suficiente pero no me gustó mucho. Había otras pastillas que sí que me hicieron efecto, los trankimazines. Estas eran las pastillas que se tomaban los yonkis para hacer más llevadero el día. Son pastillas para los nervios y las mezclaban con la metadona. Las vendían en la farmacia con receta médica pero había en la calle un mercado negro donde conseguirlas. Si las mezclabas con cafeína o con alcohol te pillabas un buen pelotazo. Un día las probé pero uno de los efectos de las pastillas es que tienes amnesia, así que no me acuerdo de nada. Solo sé que me puse muy violento y que me sentía como si tuviera una gran borrachera. De lo que sí me acuerdo es de la vez que las probó mi amigo Sergio.

La familia de Sergio era más bien pobre. No recuerdo que ninguno de sus padres tuviera un trabajo normal. El padre se dedicaba a criar perros y venderlos y Sergio siempre andaba con alguno por la calle. Solían criar pitbulls pero también tuvieron otras razas. La gente decía que los criaban para peleas pero no creo que al padre de Sergio le interesara mucho lo que se hacía con sus perros. Yo creo que él simplemente los criaba y los vendía por dinero. Sergio era como su padre. Creció en la calle y siempre se juntaba con mala gente. El colegio nunca fue lo suyo y no llegó a sacarse el graduado escolar. Yo lo conocí en esta época y muchas tardes me iba con él a dar una vuelta. A veces comprábamos puntas en la ferretería y construíamos casetas para sus perros con maderas que robábamos de las obras. Tenía tres hermanas aunque una de ellas se murió de pequeñita por leucemia y más tarde tuvo otro hermano que se crió como él. En la calle los mayores siempre se metían con Sergio mientras fue un niño pero poco a poco fue creciendo y engordando y llegó a ser un elemento peligroso en el barrio de Monte Alto. Hubo una época en que Sergio pensaba que las drogas eran malas y no las probaba. Incluso despreciaba a la gente que las consumía, pero como a todo el mundo un día le llegó la hora de experimentar.

CC/Miguel Librero

Una tarde de sábado mis amigos y yo decidimos ir a Sada a dar una vuelta. Teníamos 15 años y no nos sobraba el dinero pero entre todos nos daba para unos porros, botellón y la entrada del Baroke en la sesión de tarde. Fuimos cuatro personas: Sergio, mi primo Iván, Fabi y yo. Mi primo Iván siempre estaba metido en problemas y Fabi era de los más tranquilos del barrio pero empezó a traficar con porros a los 14 años. Cogimos en la estación un bus para Sada y por el camino Sergio me enseñó algo que llevaba guardado en un bolsillo. Era una tranki. Me dijo que se la iba a comer esa tarde.

Llegamos a Sada y nos fuimos directos al súper a comprar calimocho. Nos lo bebimos en la playa al lado del paseo marítimo y nos fumamos también unos porritos entre risas y cotilleos de la gente del barrio. Al cabo de un rato, cuando empezábamos a estar bastante ciegos, Sergio se comió la tranki y nos fuimos a Baroke. En la discoteca entramos sin problemas a pesar de que teníamos menos de 16 años… pero los porteros se nos quedaron mirando. Éramos barriobajeros y nuestras pintas no eran como las del resto de chavalitos. A pesar de todo entramos y nos lo pasamos bien durante un rato. Bebimos y nos mezclamos con la gente buscando chicas y esas cosas que hacen los adolescentes.

CC/Paride de Carlo

No estuvimos mucho tiempo tranquilos. Sergio se empezó a mover tambaleándose y empujó a varias personas. El efecto de la pastilla empezaba a notarse y era normal porque había bebido bastante alcohol. Era como una gran borrachera. Un portero pelirrojo y bastante cachas se le acercó y empezó a hablarle al oido. Al principio no parecía más que una leve reprimenda pero entonces Sergio le mordió. El portero, sobresaltado, agarró a Sergio con intención de sacarlo fuera de la discoteca pero no le fue tan fácil. Sergio pesaba unos 90 kilos. Tuvieron que ayudarlo todos sus compañeros mientras nosotros nos metíamos por el medio e intentábamos separarlos. Sergio gritaba y se revolvía frenéticamente pero al final lo sacaron de la discoteca.

Cuando lo pusieron en la calle y, mientras Sergio no paraba de gritarles, los porteros cerraron la verja del local dejando a todo el mundo dentro. No querían saber nada de Sergio que, aunque casi no podía mantenerse en pie, gritaba violentamente hacia la puerta cerrada. Lo sacamos de allí cargando con él porque se tambaleaba y a cada peatón que se cruzaba le pegaba un grito. La gente se asustaba y se nos quedaba mirando. Decidimos llevarlo a la playa hasta que se relajara un poco. Lo sentamos en el muro del paseo y se nos calló a la arena de la playa dando vueltas como un saco. Y allí se quedó un buen rato, durmiendo.

CC/Carlos Buj

Un par de horas después tuvimos que levantarlo para meterlo en el bus. Nos costó bastante porque pesaba mucho más que nosotros. Pero al final lo conseguimos y emprendimos el camino de vuelta. En el bus, mientras que Fabi le robaba el dinero al busero del bolsillo de su chaqueta, Sergio se despertaba a ratos y mordía el cuero de los asientos arrancándolo. Llegamos a la estación y bajar a Sergio fue un espectáculo. Encima, no recuerdo por qué, me dejaron solo con él y se me cayó al suelo. Parecía que dormía aunque no estoy muy seguro. Después de unos minutos intentando levantarle lo conseguí y caminé en dirección a la fuente de Cuatro caminos. Tras reunirnos con Iván y Fabi, a Sergio se le pasó el atontamiento y se puso muy agresivo. Comenzó a caminar deprisa y todo el que se cruzaba con él corría peligro. Unos chicos con los que nos cruzamos recibieron un patadón. Se pusieron tensos y casi nos tenemos que pegar con ellos, pero tras decirles que nuestro amigo estaba muy colocado se marcharon con una frase tipo: «Ponedle una correa a vuestro amigo».

En menos de cinco minutos Sergio cogió un ladrillo que había en una obra y lo estampó contra un escaparate. Intentábamos controlarlo pero era imposible. Nos cruzamos con una chica que iba en minifalda y estaba bastante buena. Desde detrás de ella la agarró por el coño y empezó a arrastrarla mientras esta le daba ostias sin parar hasta que la soltó. Luego pasamos por delante de una agencia de viajes que tenía en el escaparate ofertas y una pareja las miraba. Sergio pasó por detrás de ellos y le estampó la cabeza contra el cristal al señor. Este nos dijo: «Me quedo con tu cara», pero no hizo nada. Él sí que se quedó con la cara calentita. Y así sin parar una tras otra hasta llegar al barrio.

CC/b-e-m

Ese día no recuerdo dónde dejamos a Sergio. Tampoco recuerdo qué fue lo que hice yo el día que me comí una tranki pero seguro que fue algo parecido. Hay veces que la droga saca lo peor que llevas dentro y esta droga para mi es lo peor que he probado. Nunca más volví a tomarme una y creo que Sergio tampoco. Hay gente que dice que hay que probar de todo pero yo las trankis preferiría no haberlas probado.

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Obelix
Obélix es el único habitante del irreductible poblado galo que no puede beber la poción mágica que les da una fuerza sobrehumana, ya que se cayó de pequeño a la marmita y los efectos de la poción son en él permanentes.

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